Imagen tomada de Edinburgh Instruments.

En la sesión del Seminario Permanente del IGCAAV del pasado 25 de octubre tuvimos la presentación del proyecto Ciudades Imposibles. Fue una presentación muy bonita de un proyecto de reflexión y transformación mediadas por el arte sumamente interesante, que me dejó un hueco en el estómago y un cosquilleo en la mente. Ambos consecuencia de escasa asistencia a la sesión —solamente cinco personas— pero el segundo consecuencia también del contenido mismo de la ponencia. 

El Seminario Permanente del IGCAAV vio la luz el 12 de enero de 2007. Su creación obedeció a la intención de promover el diálogo en torno a la investigación en el Sistema de Universidad Virtual (SUV), tomando como referencia mi experiencia de enriquecimiento de la vida académica por las sesiones de seminarios durante mis estudios de doctorado en la Universidad de Edimburgo, de los cuáles todavía me llegan mensajes. Desde su inicio, el seminario fue diseñado como una actividad colectiva en el sentido de que tendríamos lo que fuéramos capaces de construir entre todos, cada quien presentando su trabajo cuando lo considerara conveniente y sugiriendo e invitando ponentes de la misma manera. Yo asumía el rol de coordinador de manera voluntaria y podía cederlo en cualquier momento.

Más de doce años después, hemos tenido un total de 429 sesiones, en promedio poco más de 33 sesiones por año. Un resultado para estar orgullosos, en lo cuantitativo, pero con un mal sabor de boca en lo cualitativo si se toma en cuenta la baja participación en la sesiones —que con mucha frecuencia no pasa de siete asistentes— así como la baja participación como ponentes de los profesores de tiempo completo del IGCAAV y la frecuencia con la que los días y horarios de sus sesiones son pasados por alto en el SUV durante la organización de actividades alternas.

La ponencia me hecho pensar, sin embargo, que el problema de fondo del seminario es el mismo que tienen las grandes ciudades cuyos dirigentes buscan transformar en ciudades de primera fila mediante la importación de ideas del extranjero y la replicación de proyectos aparentemente exitosos en otras partes. En otras palabras, he convertido a mi imaginario de los seminarios de investigación de la Universidad de Edimburgo en un modelo de deber ser equivalente al museo Guggenheim de Guadalajara.